Mercatremol, la verdadera historia jamás contada

En el Principio fue Terratremol, (eso de la Nada no es más que una patraña), y antes, Llavors, y antes incluso, la Colla Ecologista, por donde merodeábamos sin rumbo allá por los albores de este siglo un puñado de in cautos anti-ladrillo ignorantes aún de la malvada estrategia que para someternos nos preparaba el Capital, y donde un inquieto, (y joven), Rafa So gorb ¡ese adelantado! ya maquinaba, consciente o intuitivo, la manera de procurar a nuestra Family alimentos inocuos y de buena calidad. Con la perseverancia que le caracteriza fue presentándonos una y otra vez proyectos y soluciones no siempre comprendidos por una militancia que, obsesionada con el medio ambiente y acostumbrada a una práctica numantina frente a un ejército descomunal, no acababa de calibrar la im portancia que en el futuro habría de tener el frente alimentario; como nueva puerta de entrada al universo ecologista y como inexplorado campo de batalla en el que al menos disponer de margen de maniobra. Pero tras varias tentativas infructuosas por fin nació Terratremol. La apuesta era arriesgada porque se habían hecho cálculos y se planteaban, además del currelo del bancal, doscientos euros de entrada por barba más unas cuantas cuotas de treinta sin recompensa mientras que creciera la primera cosecha. Pero por esas cosas a veces inexplicables resultó ser por fin éste el momento y la semilla brotó. Fueron los primeros meses de conocimiento del grupo, de retirar millones de piedras del primer sector productivo, de quitar hierbas y más hierbas, de inacabables reuniones en el antiguo merendero, de tirar líneas, de estercolar…

Todavía me acuerdo de aquellas primeras zanahorias que no entraban ni queriendo en aquella tierra dura, apelmazada y baldía. Se planteó Terratremol en un principio como asociación para la producción y el consumo ecológico pero pronto percibimos que ambas funciones debían de ir separadas entre sí pues había gente interesada en consumir de natural pero que no podía con el compromiso ni con el esfuerzo del bancal. Se decidió entonces crear otra estructura pero, ¡me cachis!, en aquella época Terratremol necesitaba de mucha energía y la iniciativa se postergó. Y en esas estábamos cuando apareció por Guatisnai, que entonces era como nuestra delegación en la city, una chavala competente y decidida aseverándonos que había oído hablar de nuestros proyectos y que le interesaba sobretodo el tema del consumo. Rafa y un servidor le describimos la situación pensando en que ahí acabaría el asunto pero sin embargo y tras tan solo dos o tres visitas nos aseguró que si nos decidíamos a impulsar la nueva estructura ella nos ayudaría. Ante tan sorprendente propuesta nos miramos sin saber qué decir, porque por una parte nos sentía mos halagados, pero no os he contado que aquella moza dentro de su aparente normalidad, por las pintas parecía de otro mundo. Para ser más exactos, del “otro” mundo: mechas rubias, maquillaje, pantalones plisados, zapatitos de medio tacón tanto que incluso nos hizo sospechar. ¿será una infiltrada? Pero aceptamos. Le montamos al gunas reuniones como para tan tearla y así, casi sin pretenderlo, comenzó a configurarse el primer grupo interesado en aquella ocupación. Poco a poco nos fuimos animando ante la posibilidad de que la cosa funcionara, pero cuando ya estaba todo preparado y Rafa y yo nos las prometíamos felices como secretarios personales de nuestra nueva referente, un día nos vino con el cuento, (no sé si al darse cuenta de nuestras verdaderas intenciones), de que tenía no sé si una inmobiliaria por Almería y que se tenía que ir para allá. Nuestro gozo en un pozo. Fue en ese preciso instante de nuestras vidas cuando a ambos se nos quedaron estas dos caras de pringaos que aún hoy nos caracterizan solo de pensar en el marrón que nos caía al tener que continuar nosotros solos con el proyecto ya despertado. Pero el destino estaba esta vez de nuestra parte y sucedió que desapareció nuestra musa pero apareció María Guridi con todo su ímpetu dispuesta a organizarnos la secretaría y la contabilidad.

Mientras que Terratremol se afianzaba con la aparición de nuevos componentes y con la apertura de nuevasáreas de cultivo conformándose como un colectivo con unos lazos de unión mucho más sólidos que los acostumbrados en cualquier asociación, en aquella época
Mercatremol deambulaba entre el local de la Colla Ecologista y el de los Dimonis sin poder poner el huevo en ningún sitio hasta que el compañero Juanito, de la CGT, (más listo que el hambre y además a la que salta), se percató de que una asociación con tan enorme potencial porculero como la nuestra no podía andar de esta guisa y convenció a sus compañeros de sindicato de que nos concedieran por la jeró aquel antiguo local que aún conservaban, su primera sede tanto tiempo abandonada. Y se nos abrió todo un mundo. Tras la limpieza pertinente y el acomodo de nuestras escasas pertenencias, (conseguidas en su mayoría por medio de trueques y donaciones), fue tomando forma aquel cubículo hasta llegar a convertirse en lo que hoy es nuestra personalísima madriguera. Y en ese trance apareció José Antonio para llenar las tardes de los miércoles, y también Mónika desplegando todo su encanto y su buen hacer, y Pablo Gimeno para configu rarnos el equipo informático, y Patricia que ya estuvo con Rafa en los albores y a la que debemos el rastreo de productores por Internet que ya ha dado sus frutos con los pedidos a Monsoy, al Comercio Justo y a Caprilac (+ los que esperan a que llenemos de nuevo el zurrón con las próximas cuotas). Y apareció también Cristina Ciballeiro, que afilió a toda su tropa, y Fernando que también lo hizo con otros tantos, y Espe, y Helena, y Begoña que a la que pueden vienen siempre a echar una mano… Y aparecisteis tod@s vosotr@s que sois la auténtica alma de la asociación; los genuinos propietarios de la distribuidora Mercatremol. También fueron necesarias para que esta idea funcionara personas como Carlos Trigueros, Gloria Esparcia, Carlitos Bumbum o Sara Bordonado que aportaron sus cuotas cuando estas eran imprescindibles aún reconociendo su imposibilidad de venir a rentabilizarlas.